lunes, 3 de mayo de 2010

Cristóbal Benítez: objetivo Timbuctú


EXPLORADORES

ESPAÑOLES OLVIDADOS

Cruzar el Sáhara. Ese había sido el sueño desde la infancia de un español decimonónico, Cristóbal Benítez, nacido más que probablemente en la localidad malacitana de Alahurín de la Torre, pueblo de viajeros y colonos, allá por 1857, y residente por muchos años en la evocadora ciudad de Tánger, en Marruecos, a dónde llegó de niño, junto a sus padres emigrantes. Un hombre culto e inteligente al que la mezquindad y la soberbia ajena le privaron del reconocimiento y la admiración que merecía, puesto que sin su ayuda el médico alemán de origen austriaco Oskar Lenz jamás hubiera podido cruzar las ardientes arenas del desierto, sortear las mil adversidades de un viaje sumamente peligroso y llegar sano y salvo a la otrora floreciente ciudad de Timbuctú (Timbouctou o Tombuctú), la “ciudad prohibida”, hoy decadente y destartalada urbe de Malí apenas visitada por un puñado de turistas ávidos de reconocer entre las ruinas lo que queda en pie de lo que fue: una encrucijada primero del tráfico de oro, crisol de culturas, capital del poderoso imperio Shongay, y después punto que se antojaba fundamental para el colonialismo europeo en el noreste de África.

Benítez hablaba casi perfectamente el árabe y conocía varios dialectos del imperio de Marruecos, por cuyo interior había viajado en numerosas ocasiones, empapándose de las complejas costumbres y usos de sus habitantes. Pero en 1879 Benítez había perdido casi por completo la esperanza de ver cumplido ese sueño debido, entre otras cosas, a que la misión de cruzar el desierto era poco menos que un suicidio y nadie estaba por la labor de apoyar aquella desmesurada empresa personal.

Marruecos hostil. El Sáhara, más

El interior de Marruecos era un lugar hostil para los extranjeros infieles, especialmente europeos, pero una broma comparado con la animadversión latente en el territorio del Sáhara que se extendía más allá del río Ulgas, la frontera imperial, y de la majestuosa cordillera del Atlas, cerca de donde habitaban las diferentes cabilas del Sus, el Uad-Nun y el Uad Dráa, conocidas por su ferocidad e indisposición hacía cualquier viajero procedente del viejo continente. Muchos exploradores del siglo XIX habían fallecido en el intento de cruzar el Sáhara, otros habían tenido que regresar sin éxito e incluso una expedición al completo, la del coronel Flatters, se saldó con la muerte de sus cien integrantes en una zona conocida como el Hoggar. África, en aquellos días, era la obsesión de Europa, “el teatro predilecto del apetito europeo”, como señalaba una crónica. Francia, por ejemplo, buscaba establecer una comunicación ferroviaria entre Argel y sus posesiones senegalesas a través de Timbuctú, adonde ya habían llegado franceses desde la costa Atlántica, como René Caillé, que puso sus pies en la ciudad en 1828 después de atravesar Sierra Leona y el país de los Bámbara desde Senegal. También el científico alemán Enrique Barth lo consiguió, por el río Níger, y Pablo Imbers -francés- y Alexander Gordon Laing -inglés- se cree que pudieron haber llegado, aunque el hecho de que ambos fallecieran antes de acabar sus respectivas expediciones hace difícil constatar esa posibilidad. El que sí había llegado a Timbuctú desde el norte era otro español, el almeriense Yauder Pachá (también conocido como Joder Pachá), pero cuatrocientos años atrás, en 1591, y al mando de un ejército enviado por el sultán de Marruecos y compuesto por una hueste de 5.000 hombres perfectamente pertrechados. Pero ya había llovido desde entonces y eso que por aquellas latitudes lo que es llover, llueve poco.

Un blanco perfecto

En aquel año de 1879 Oskar Lenz había sido comisionado por la Sociedad Africana de Alemania para viajar a Ceuta y desde allí realizar un recorrido por el Marruecos interior, llegar a la cadena del Atlas y estudiarla en profundidad. La ambición, la tenacidad y la decisión de Lenz le impulsaban a ir más lejos, más allá, a establecer una ruta nueva por la que nunca antes ningún europeo hubiera transitado y llegar a Timbuctú para contarlo, aunque esto contraviniera las instrucciones de la propia comisión. Pero había un problema: Lenz no hablaba árabe y su aspecto le delataba puesto que era alto, de piel muy clara, rubio y de ojos intensamente azules. Era una blanco perfecto, nunca mejor dicho. Cuenta el historiador Julio Romano en su “Los exploradores D´Almonte y Benítez que “todos le decían: ¿Con esa cara va a penetrar en Marruecos? Usted no vuelve”. Lenz se puso en contacto con Benítez, quien mantenía buenas relaciones con la colonia alemana de Tánger, para tantearle y ver si quería ser su traductor y guía en aquella singular aventura. Seguramente se sorprendió al comprobar la rapidez con la que el español respondió afirmativamente a la propuesta. Era su oportunidad para atravesar el Sáhara y no estaba dispuesto a dejar escapar ese tren. Además conocía a las autoridades y su papel sería fundamental para conseguir los salvoconductos y documentos necesarios para llegar sin problemas al menos hasta las estribaciones del desierto ardiente.

A la pareja se unió Hach-Alí-Butaleb, un moro argelino al que Lenz había conocido a través del cónsul de Alemania en Tánger, quien le informó de que este curioso personaje, que había sido expulsado de su tierra por los franceses, afirmaba haber estado ya en Timbuctú, amén de ser un experto guía de expediciones, como la que decía haber llevado a cabo hasta el Japón, cosa muy improbable, por no decir imposible. El de Omán, que tantos problemas causó durante el viaje, como ya veremos, recibiría por su trabajo, al regreso, 4.000 francos, una buena suma para alguien que por entonces no tenía qué llevarse a la boca. Un servidor judío y un criado marroquí completarían el grupo desde la salida de Tetuán, el 1 de diciembre de 1879, hasta la llegada a la primera etapa del viaje, la ciudad de Fez, residencia del sultán, periplo que se llevó a cabo con relativa tranquilidad y sin excesivos contratiempos, una vez que tanto Benítez como Lenz cambiaran sus atuendos habituales por otros más discretos, consistentes en el típico jaique y las sandalias de cuero, con objeto de pasar lo más desapercibidos posible.

Desde Fez se dirigieron a Marrakech -que Benítez en su crónica nombra como “Marruecos”, capital de uno de los reinos en los que se dividía el Magreb-, pasando por Mequinez y Rabat. Es en Marrakech, “la roja”, donde comienza la verdadera aventura. Más allá los salvoconductos no tenían apenas ningún valor y las vidas de los expedicionarios estaban en manos de la voluble Ley de Sid-Husain, de los caprichos de los jefes de las cabilas o de cualquiera de sus súbditos. “En el Sáhara ni se le paga al sultán, ni se le reza”. También en aquella majestuosa ciudad fue donde empezaron los verdaderos problemas, debido al aspecto de Lenz. Una mujer, por ejemplo, se enamoró perdidamente de él, extasiada con su mirada azul, cosa que no gustó al enfurecido marido de aquella, que tuvo que ser convencido por el propio Benítez de que “eso” se debía a un “mal de ojo”, al poder maléfico que ejercía el color del cielo que teñía el iris del alemán, y que cuando ellos se marcharan, como estaba previsto, las aguas volverían a su cauce y el recuperaría el amor de su esposa y todo volvería a la normalidad. No sería la primera vez que Benítez salvaría la vida de Lenz.

Cambio de identidad

Fue igualmente en Marrakech donde Lenz y Benítez decidieron dar un giro radical a su estrategia para alcanzar Timbuctú. Una de las primeras medidas de los expedicionarios fue someterse a un cambio radical de identidad, puesto que estaba claro que en el Marruecos profundo Lenz no hubiera pasado ni dos noches en el reino de los vivos. Oskar Lenz pasó a convertirse en el médico turco Haquín Omar (Doctor Omar), con lo que facultaba su aspecto, su pertenencia a la comunidad islámica y el hecho de que no hablara árabe. Buena jugada. Cristóbal Benítez sería Sid Abdala, jefe de la caravana y mayordomo tanto de Lenz como del tercero en discordia, Hach Alí Butaleb, que se convertiría en actor protagonista de aquella trama de falsas identidades y que se haría pasar por un cherif descendiente de Muley-el-Kader Yelali, enterrado en Bagdad, y que pretendía llegar a Timbuctú después de haber visitado piadosamente el sepulcro de su falso familiar.

La absorción de los papeles que habían decidido encarnar, que incluían práctica de oraciones y reverencias al falso cherif, se le atragantaban con frecuencia al alemán, que se olvidaba de que aquella ficción era imprescindible para que la empresa tuviera alguna posibilidad de éxito y retornaba, a propósito o sin querer, a su orgullosa realidad teutona, con lo que hacía levantar demasiadas sospechas allá por donde pasaba. Cuando por fin se metió en la piel de su personaje surgió otro nuevo problema: cuenta Benítez que Butaleb “había tomado a su papel tanto cariño que lo desempeñaba a las mil maravillas”. Tanto es así que llegó a creérselo a pies juntillas. “Cuando estábamos entre moros nos trataba con dureza y se comía lo mejor”. Eso cuando no se lo comía todo y dejaba sin nada a los demás. “A veces le temíamos, pues una palabra suya podía costarnos la cabeza”. No es de extrañar. Si Butaleb les hubiera delatado nada hubiera podido evitar que les pasaran a cuchillo. En una ocasión, incluso, el argelino les pidió el dinero que llevaban para compras y obsequios, aduciendo con descaro que “yo me he contratado de cherif y tengo que vivir con arreglo a mi jerarquía. No es justo que yo tenga el cargo y la responsabilidad y vosotros el dinero (...) Cuando os deje volveré a representar el papel de pobre, que es un papel que se representa maravillosamente bien sin ensayos”.

El peligro parecía venir por todos lados. Ya lo tenían dentro, con Butaleb, pero también fuera: en Tarudant (“donde termina Europa”, según palabras del médico alemán), camino ya de Tinduf, la muchedumbre quiso acabar con ellos con la sospecha de que se trataba de cristianos disfrazados, pero Benítez consiguió aplacar las iras del populacho dando un discurso memorable que incluso terminó con los vítores de un sector de la población. Después de aquello el malacitano, gracias a su don de gentes y a las amistades que había hecho, tuvo conocimiento por un chivatazo de un complot ideado por el hijo del jefe de una tribu para poner fin a sus vidas. El rubicundo Lenz seguía levantando suspicacias, pero allí estaba Benítez para desfacer entuertos y ayudar a que las aventuras siguieran su curso.

Inmersión en el infierno

Entre tanto, los viajeros tuvieron algún que otro golpe de suerte con connotaciones ciertamente surrealistas, como el hecho de que sus vidas quedaran protegidas por una extraña ley relacionada con una feria de saltimbanquis. En efecto, abandonada ya la ciudad de Tinduf, las primeras dunas anunciaban la presencia desafiante del desierto del Sáhara. “Frente a nosotros abría su boca caliente el desierto. ¿Nos devoraría?”, se preguntaba Cristóbal Benítez. El grupo se incorporó a una caravana de mercaderes que se dirigía a la feria de Sidi Hamed de Musa, nombre de un santón muy venerado en la zona que les protegía de cualquiera ataque puesto que estaba prohibido robar ni asesinar a nadie quince días antes y quince después del acontecimiento. Aprovecharon, además, aquel zoco para abastecerse de abalorios y chucherías con los que obsequiar a los jeques de las tribus saharauis y ya de paso comprar camellos y víveres para el durísimo trayecto que les aguardaba. Por fin, llegó el momento. Ante ellos, “el mar sin agua”. Tras su paso por la cabila de Ulad Laudicat se pusieron en marcha. Los criados moros que les acompañaban les habían abandonado, pero reclutaron otros que según sus testimonios no eran muy de fiar. Llevaban camellos, dos buenas tiendas de lona y otra de piel de camello, carabinas y revólveres, y los criados espingardas y gumias, además de latas de conserva, alcuzcuz (el famoso cous-cous), café y un buen número de odres rebosantes de agua. Hasta Timbuctú les esperaba cerca de mes y medio de camino, que hicieron casi siempre de noche, para evitar el terrible calor, aunque también de día, con objetos de arañarle al calendario unas buenas jornadas. Lenz aprovechó el viaje para estudiar la geología y ala fauna del desierto: alguna gacela, las hienas que inundaban la noche de sus ladridos rijosos, insectos, reptiles... Fueron sometidos al castigo de los vientos que hacían cambiar completamente el paisaje en apenas horas, desorientándoles. “Cuando el fortísimo viento del desierto, el simún, aúlla, tiemblan los hombres de la caravana”. No era para menos. Aunque la presencia de Lenz en el Sáhara ya no era tan extraña -incluso había una cabila llamada “de los ojos azules”-, otro inconveniente surgía cuando los exploradores se topaban con nuevas tribus, y es que nadie podía creer que tan arriesgado viaje se hiciera sin motivo aparente, es decir, sin la intención de comprar, adquirir o vender algo, ya fueran mujeres, esclavos u oro. La perspicacia e inteligencia de Benítez para convencer a los extrañados jeques locales, de nuevo, jugó de ángel de la guarda de Lenz.

Llegada a Timbuctú

Al fin, exactamente ocho meses después de su partida de Tetuán, llegaron a la bulliciosa ciudad de Timbuctú el 1 de julio de 1880. Cristóbal Benítez y Oskar Lenz, un español y un alemán, eran los primeros europeos en llegar a la mítica urbe por esa nueva ruta que transcurrió por Tánger, Alcazarquivir, Fez, Rabat, Marrakech, Tarudant, Tinduf, las salinas de Taudeni, Los pozos de Arauane, y las dunas de Azauane. Ni siquiera las rutas actuales siguen ese periplo, puesto que parten de Melilla y atraviesan el desierto por una zona más “cómoda” que atraviesa Argelia por Tlencem, Bechar y Reggane, para internarse luego en Mali por el noroeste y sortear así los peligros de las terroríficas montañas de arena.

Timbuctú era un hormiguero humano en el que reinaba la confusión y el griterío y donde se daban cita beduinos, árabes del Atlas, los sagaces comerciantes marroquíes, hebreos y negros que compraban y vendían de todo, aunque la más importante de las mercancías fuera la escasa sal, sin olvidar las nueces de cola, las camisas de seda con bordados, las finas hojas de oro, anillos, manteca vegetal, tabaco, marfil, plumas de avestruz, arroz, frutas, esclavos... Visitaron con avidez la ciudad, esponjándose de todo lo que allí acontecía, así como de sus monumentos, palacios, mezquitas y mercados, de los santones, de los fumadores de kif, de los saltimbanquis que hacían las delicias de los viajeros a cambio de unas pocas monedas, de los camelleros y de tantas extrañas criaturas humanas allí reunidas. A Timbuctú llegaban los productos del África negra y de allí partían las caravanas que se adentraban en el desierto, compuestas en algunas ocasiones por hasta doscientos y trescientos camellos.

La empresa había sido cumplida con éxito y ya no hacían falta más farsas, así que se desprendieron de sus falsas identidades y volvieron a ser Lenz, Benítez y Butaleb. Atrás quedaron Haquin Omar, Sid Abadalá y el pío cherif.

Pero allí no acabaron las aventuras y los infortunios de estos avezados viajeros. Iniciaron el camino de vuelta con destino a San Luis, en Senegal, para proceder desde allí a sus regresos respectivos a España y Alemania.. Nada más abandonar Timbuctú fueron nuevamente atacados, esta vez por piratas tuaregs que pretendían robarles. Pero con las fuerzas recobradas y la ilusión por el regreso después del éxito se defendieron a fuego, logrando que los asaltantes sacaran el pañuelo blanco y se rindieran. No fue fácil, tampoco el camino hasta San Luis. Una vez allí tomaron un vapor que les condujo hasta Santa Cruz de Tenerife, donde Lenz y Benítez se separaron. En su camino de vuelta a Alemania Lenz pasó por España y dio una conferencia en la Sociedad Geográfica el 10 de marzo de 1881. Fue entonces comparado con los más grandes y famosos de la época, como Livingstone, Stanley o Nachtingal. Pero de Benítez, nada. El propio Lenz le dedicó apenas unas líneas de elogio en el texto detallado y erudito que escribió sobre aquella hazaña, titulado “Timbouctou. Voyage au Maroc, au Sáhara et au Soudan”, escrito primero en alemán y luego en francés y publicado en París en 1887. Pronto se olvidó el alemán, recibido en su país como un héroe, de su santón particular y verdadero artífice de la gesta. Por su parte, Benítez, con un estilo mucho más sencillo, abierto y directo, escribió su crónica particular del viaje y la publicó en una serie en el Boletín de la Sociedad Geográfica de Madrid con el nombre de “Notas tomadas por don Cristóbal Benítez en su viaje por Marruecos, el desierto del Sáhara y Sudán al Senegal”. Cuando el siglo XIX llegaba a su fin, en 1899, publicó el libro, editado en Tánger bajo el título de “Mi viaje por el interior de África”. Una plaza en Alahurín de la Torre, la del mercado viejo, lleva el nombre del gran explorador español, que murió en el olvido en Mogador en 1924.

Luis Conde-Salazar Infiesta

Artículo publicado en Clío, Revista de Historia. Número 102.

3 comentarios:

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  2. Así somos de estúpidos a veces los españoles. No valoramos nuestra propia historia

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  3. Gracias por este recordatorio de en memoria a mi antepasados familiares. La verdad que es una historia impresionante, Gracias

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